Mi sueño es ser mamá
Winter Baking de Robin Pieterse
Hace tiempo que quiero hablar de este tema, y ahora que tengo este pequeño espacio voy a aprovechar para ello, pues me apetece dejar inmortalizado de algún modo mis deseos e inquietudes al respecto.
Cuando tuve edad para empezar a dilucidar un poco lo que quería en mi vida, que camino tomar, cuando tenía que pensar que estudiar, tenía muy claro que no quería ser madre. «¡Que pesadilla!» decía al pensar en la responsabilidad y en como ello afectaría a mi vida, y durante años, así he estado pensando mientras adultos a mi alrededor me decían que cambiaría de opinión. Y aunque no todo el mundo lo hace, resulta que yo sí.
Hace algo más de año y medio, cuando tenía 25 años, me empezó a cambiar algo por dentro. De repente se me hacía apetecible la idea del embarazo, hasta el punto de que cree un tablero secreto en una de mis antiguas cuentas de Pinterest para guardar fotos bonitas relacionadas. En un principio fue algo más casual y esporádico, pero con el tiempo se empezó a acrecentar, hasta el punto de ser una idea habitual. En un principio solo se me hacían bonitas las barrigas de embarazada, que durante toda mi vida me habían dado mucha grima; luego empezaron las fotitos de bebés, y detrás un interés por diversos consejos sobre maternidad.
En un principio estaba en negación. «Solo me parece bonito, pero no lo quiero para mi» me decía, hasta que el año pasado no me quedo más remedio que aceptarlo. Yo, que durante una década defendí con vehemencia que no quería ser madre, ahora sí deseo serlo. Y no solo por mero instinto materno, sino que ahora que tengo 27 años y mis prioridades en la vida y mi visión del mundo han cambiado conmigo, tengo otros motivos de peso para quererlo.
Mi país tiene una tasa de natalidad por debajo del 2,1 necesario para mantener la población, y esto ha sido utilizado como excusa para llenarlo de personas ajenas, de distintas procedencias, que no respetan ni al país que los acoge, ni a los nativos y nuestra cultura. Ellos cada vez son más, y nosotros vamos envejeciendo y pereciendo junto a nuestra identidad, algo que aplicado a culturas de otros continentes se consideraría una remplazo o limpieza étnica, pero aplicado a nosotros es descrito como algo maravilloso y necesario para el mundo.
No me gustaría que el legado de mis ancestros desapareciera, que su esfuerzo y lucha por construir un país mejor para su descendencia, sea robado y borrado por otros incapaces de luchar y construir sus propios países, y que luego nos culpen a nosotros de su ineptitud.
No quiero que perezca nuestra cultura e identidad, ni la nacional ni la familiar. Quiero transmitir a mis hijos las recetas familiares transmitidas de generación a generación entre madres e hijas, la forma de ver y entender el mundo de una manera tan romántica, los refranes y vocablos tan particulares que aprendí de mis abuelos, nuestras festividades, nuestra historia...
Ilustración del Día de la Madre de Gretchen Ellen Kopp
También hace años que añoro los tiempos cuando vivía en casa de mis abuelos, cuando nos reuníamos los primos y jugábamos y crecíamos juntos, las risas, la diversión, el aprendizaje. Hace unos años mi deseo era volver a tener una relación cercana con ellos, buscando recuperar aquellos buenos tiempos. Ahora he aceptado que es un imposible, y que realmente lo que deseo no es volver a ese entonces, sino ver a la siguiente generación haciendo eso mismo que nosotros hicimos en su momento. Escuchar los sonidos de los niños riendo y jugando, cuidarlos y mimarlos en mis brazos, enseñarles y educarles.
Y tengo claro que me gustaría tener al menos dos. Como hija única pasé una infancia solitaria, en las que esperaba fervientemente los fines de semana alternos en los que mis primos llegaban, y tras los que lloraba cuando tenían que irse. Quiero que mis hijos tengan hermanos, que hagan vínculos, se apoyen, jueguen y se acompañen mutuamente en su crecimiento.
Y quiero que mis hijos no sean extraños en su propio país y tengan la cultura, el idioma, la pertenencia a esta tierra en común con los niños con los que convivan en su día a día, ya sea en el colegio, en el parque, o cualquier otro lugar. Quiero que estén a salvo y que no sufran ataques por parte de otros que quieren suplantarlos y borrar todo lo que somos a través de propaganda antieuropea o antiblanca, ataques terroristas, persecución, ostracismo. Estas personas que vienen con la escusa de buscar una vida mejor tienen una tierra, donde su gente sigue manteniendo su cultura. A este ritmo, nosotros nos vamos a tener ni la libertad de practicar la nuestra en nuestra propia tierra materna y eso no es justo.
No se que pensaréis. Habrá quien esté de acuerdo conmigo y habrá quien sienta el deseo de censurarme, estos últimos van a tener que conformarse con agua y ajo.

